Resulta un verdadero enigma para el mundo científico el saber que para la tribu de los dogones, los cuales habitan la República de Malí,
han llegado a conocer, muchísimo antes que nuestros astrónomos, las estrellas que acompañan a Sirio,
que recién fueron observadas por éstos en la segunda mitad del siglo XIX, desde donde provendrían, según su mitología, extraños seres visitaron la Tierra en la antigüedad.
Existe en África, al sur del Sahara, en el territorio de Malí, una tribu negra – los dogones – que sabe de la existencia de la compañera invisible de Sirio (que ellos identifican con la pequeña y pesada semilla de la Digitalia), llegando a trazar su
órbita circular, en uno de aquellos focos, con una pequeña excentricidad, se encuentra Sirio B.
Llegan incluso a afirmar la existencia de un Sirio C, aunque nuestros más modernos instrumentos de detección aún no han dado con ella.
Compleja mitología
Esta tribu tiene una compleja mitología que asegura que, en tiempos remotos, unos seres anfibios, llamados nommos, llegaron a la tierra con el propósito de civilizarla.
Esa estrella, que nosotros conocemos bajo el nombre de Sirio y que los egipcios denominaban Can Anubis, es 26 veces más brillante que el Sol, a su lado se ha detectado otra estrella invisible y muy pesada, que nuestros astrónomos descubrieron recién en el siglo XIX. Sin embargo, los dogones la conocían desde hace más de 5000 años.
Los dibujos rituales de los dogones permiten ver Sirio, la estrella más brillante del cielo, acompañada por dos estrellas invisibles, una pequeña y “más pesada que toda la materia de la Tierra”.
La otra estrella sería cuatro veces menos pesada y su órbita sería casi circular.
Los dogones tienen la creencia que los nommos salieron de un planeta cautivo de esta última estrella. Si aún los testimonios de visitantes extraterrestres son urticantes y hace que la ciencia los vea con escepticismo, resulta sorprendente que estas historias hayan llegado hasta nuestros días.
Secreto de los sacerdotes
Existe un arqueólogo francés, Marcel Griaule,
quien tuvo que vivir 15 años entre los dogones para ganarse la confianza de sus sacerdotes y que éstos le contaran su extraordinario secreto (que en un principio estaba reservado a los iniciados y sacerdotes de la tribu dogónica).
Si bien la estrella Sirio, la más brillante de todas, fue conocida por la humanidad desde tiempos muy remotos, solo en 1834 el astrónomo alemán Friederich W. Bessel,
denominado “ el padre de la astronomía invisible”, estableció el movimiento correcto, observando con fastidio que Sirio no se comportaba correctamente, ya que se desplazaba con un movimiento extrañamente ondulado. Debía existir, entonces, otro cuerpo estelar que desviaba la trayectoria de Sirio.
Solo en 1851, otro astrónomo, Peters, calculó la órbita del cuerpo estelar perturbador. Dedujo que su rotación sería de unos 50 años.
A ese cuerpo invisible se le denominó Sirio B, ¿pero como podía seguir invisible, aunque estuviera a 8.5 años luz, una distancia corta para mediciones estelares?
Las primeras observaciones
Recién en 1862, Alvan Clark,
con el telescopio más potente de aquel tiempo, pudo detectar y fotografiar un minúsculo punto de luz junto a la brillantez de Sirio A . Ese humildísimo puntito de luz era Sirio B.
Como Sirio A se encuentra en Can Mayor, nombre procedente de la antigüedad, a la debilucha luz de Sirio B se le bautizó Cachorro.
De todas formas, Sirio B siguió siendo misterio y recién en 1915, desde el observatorio de Monte Wilson ,
W.S.Adams se dio cuenta que Sirio B, “la hermana negra” de los negros dogones, era una estrella blanca (blanca en el cielo de los blancos), un tipo de estrella única en ese espacio y en ese entonces (hoy se han contabilizado más de un centenar).
Al ser observada más detenidamente y con mayor regularidad, se estableció que Sirio B tiene una temperatura de 8.000 grados y que su tamaño no es superior al planeta Urano, en tanto que su densidad es 70.000 veces superior a la del agua y que, en un principio, esto puso de cabeza a varios astrónomos ante la comprobación de un nuevo tipo de estrellas, a las que dieron el nombre de “enanas blancas”.
Con el fin de no cansarlos con tanto dato, continuaremos con esta nota próximamente, intentando acercarles el Secreto de los dogones.
Jorge Monsalve














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